Consume y Muere

Con el frío que hace, la lluvia –o la nieve– cayendo cada día, los días libres que les quedan a los más afortunados, las compras que casi nos obligan a hacer pero que no tenemos ningunas ganas de encarar… al final parece que todo se alinea para que tengamos estos días un tiempo extra para sentarnos en nuestro sofá preferido, acompañados de un café o un té bien calentito, y nos pongamos a leer. Así que permitidme que os haga un par de recomendaciones, de obras que quizá no sean de consumo stricto sensu, pero sí de economía. En realidad, de la economía como concepto global y puramente humano que inunda (casi) todos los ámbitos de nuestra vida y que es la base del sistema capitalista y consumista en el que con toda seguridad estáis tan inmersos como yo (a menos que leáis este blog desde un país no capitalista, si es que queda alguno).

Además, son dos best sellers que llevan años en el mercado, ambos escritos por anglosajones y, por todo ello, muy fáciles de encontrar en las librerías o en las bibliotecas públicas de vuestro barrio o la universidad más cercana.

Freakonomics

Freakonomics, de Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner (Ediciones B, 2006)

Es una de esas obras de divulgación escritas para ser un superventas. Más que nada, porque en su momento resultó tener un enfoque innovador y radicalmente distinto a los libros que hablaban de economía hasta entonces. Los autores son un economista joven y brillante (un tanto liberal, para qué engañarnos) y un periodista que se quedó prendado del primero tras conocerlo. Juntos son capaces de llamar economía a diversos casos de estudio que, en realidad, forman más parte de los ámbitos asociados tradicionalmente a la sociología o a la criminología. Es especialmente relevante una de las ideas centrales del libro: habitualmente no es tan complicado acceder a los datos precisos que revelarían a cualquier persona con una visión adecuada una verdad inédita. Básicamente, que hay que saber mirar al lugar adecuado y de la manera precisa para comprobar por qué existen las cosas. Esta idea, de inspiración puramente científica, quizá es algo ingenua… o quizá sea verdad que no es tan difícil superar, con ingenio, a quien se empeña en ocultar información al público y en guardarla para su uso y beneficios propios.

El libro presenta seis ejemplos de relaciones insospechadas entre realidades distintas. Por ejemplo, la que se establece entre la legalización del aborto y la reducción del crimen, o la que existe entre los adeptos del Ku Klux Klan y los gestores inmobiliarios. Leer más


Cada mes llega un sobre a nuestros buzones con la factura mensual del servicio de electricidad. En la zona donde vivo, el suministrador tradicional es Endesa por lo que en cuanto firmé el alquiler del piso di de alta el contrato de suministro con la antigua empresa nacional de electricidad. Desde entonces, mes a mes van llegando facturas de las que al principio solo miraba la cifra de lo que me iban a cobrar. Sin embargo, hace poco tiempo he descubierto la cara b de la factura: el reverso de cada recibo tiene un montón de datos interesantes a los que deberíamos prestar algo más de atención. Os enseño un ejemplo:

Detalle del reverso de una factura de Naturgas Energía

Detalle del reverso de una factura de Naturgas Energía

Desde 2008, la Comisión Nacional de la Energía obliga a cada empresa que comercializa energía a incluir información como esta en las facturas que emite a sus clientes. Básicamente, se trata de ampliar, en cierta medida, la transparencia del mercado y conseguir que los usuarios de la electricidad sepamos qué impacto tiene nuestro consumo. En pocas palabras: de saber qué se quema o qué se mueve para que se encienda una bombilla cuando apretamos el interruptor.

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Hoy me he levantado sabiendo que no soy capaz de hacer dos cosas (entre otras muchas, está claro). La primera, ser tan ocurrente como Seinfeld para cortar una llamada telefónica no deseada que llega en un momento en que no quiero escucharla. La segunda cosa que no puedo hacer es creer que el código de buenas prácticas que han firmado las mayores empresas de telecomunicaciones en España vaya a funcionar de manera adecuada.

Os pongo en antecedentes: el pasado 25 de noviembre Telefónica, Vodafone, Orange, Yoigo y Ono firmaron un código de autorregulación a través del cual se comprometen a moderar las ofensivas de ‘telemarketing’ que ensucian su imagen cada día más. En el acuerdo, que podéis descagar en PDF aquí, se comprometen a unas cuantas prácticas novedosas en el sector pero de sentido común para el resto de humanos (al menos, para los que llevan un móvil en el bolsillo). Veamos algunas de las novedades-ma-non-troppo:

  • “Cuando un consumidor conteste la llamada y manifieste no tener interés por la propuesta, la operadora no volverá a llamar al cliente hasta después de tres meses”, dice uno de los principios acordados por las cinco grandes. Haciendo cuentas, esto limitaría el número de llamadas a un máximo de dieciséis llamadas anuales (cuatro por cada uno de los cuatro operadores de los que no somos clientes). Es un número alto, pero también es verdad que no es lo normal que llamen todas ellas.
  • “Las operadoras (…) contarán con procedimientos que garanticen que no se contactará con los consumidores incluidos en listas en las que se explicita expresamente el deseo de no recibir este tipo de llamadas o publicidad”. Es decir, que podemos utilizar servicios como la famosa Lista Robinson para apuntarnos y dejar claro a las operadoras que no queremos publicidad. En todo caso, el tema de listas de exclusión publicitaria da mucho juego y otro día dedicaremos un artículo completo al tema. Leer más

Décimos de lotería de navidad (Arkangel / Flickr)

Décimos de lotería de navidad (Arkangel / Flickr)

 

Faltan tres semanas para el gran día de la lotería en España. El sorteo extraordinario de navidad se celebrará, puntual como pocas cosas en esta España mía, esta España nuestra, el día 22 de diciembre a partir de las nueve de la mañana. Y digo con sorna lo de “esta España nuestra” para hacer un guiño a la canción de Cecilia pero también para presentar a uno de los pocos elementos que unen, sin fisuras, a las diferentes naciones y pueblos que comparten el territorio del Reino de España. El otro es, quizá, la tortilla de patatas. Y no se me ocurre ninguno más, tan complejos y diversos como somos. 

A lo que vamos: faltan veintiún días para que los dos grandes bombos empiecen a girar en Madrid y a arrojar unos cuantos premios de esos que caen “muy repartidos” y sirven, sobre todo, “para tapar agujeros”. Continuando con los lugares comunes, supongo que los niños (y niñas, claro) de San Ildefonso están ensayando la “cantinela” de los números y los premios de a mil euros, que tendrán muchos nervios y que soñarán cada noche con cantar el gordo. Este año, como desde hace varios, el premio mayor será de 300.000 euros a cada décimo de lotería, que cuesta 20 euros en cualquier administración de loterías. En ese caso, el premio es de 15.000 euros por cada euro que juguemos (es decir, 15.000:1). 

La probabilidad de que nos toque el gordo es de una entre 85.000… pero hay muchos otros premios: un segundo (5.000:1), un tercero (2.500:1), dos cuartos (1.000:1) y cuatro quintos premios (250:1), además de las aproximaciones variadas, las 1.774 pedreas de 5:1 y los 8.449 reintegros de 1:1. En total, serán 13.334 números que tendrán uno u otro premio igual o superior a la cantidad jugada. Estos afortunados números, que son más o menos uno de cada seis, se llevarán el 70% de la recaudación del sorteo en el caso de que todos los billetes se vendan y se recauden los 3.315 millones de euros que se ponen a la venta. Para los demás (el 84,3% del total de números), también hay premio: mucha salud y el alivio que suponen los 994,5 millones de euros que el Estado se llevará limpios si vende todos los décimos antes del sorteo. El que no se consuela… ya se sabe. Leer más


Una cabina 'de las antiguas' (Un ballena de seis ojos [cinemascophe] / Flickr)

Una cabina 'de las antiguas' (Un ballena de seis ojos / Flickr)

Después de la breve excursión a Las Vegas 2.0 de la semana pasada, volvemos a uno de los pilares del blog: las telecomunicaciones. Perdonadme que sea tan pesado con el tema, pero es que el campo de las tecnologías de comunicación e información da para mucho. Hoy vamos a pasar de puntillas sobre precios, tarifas y trucos para ahorrar, porque vamos a centrarnos en uno de los principios esenciales que nos permite a todos poder disfrutar de una conexión más o menos decente. Digo que “más o menos” porque aunque los seis o diez megas que tenemos en el centro de las ciudades nos parezcan insuficientes, tengo amigos que viven en municipios de poco más de mil habitantes en la Sierra Morena y todavía están lejos de disponer de un servicio de telecomunicaciones digno según el estándar de 2010, en plena era del 3G en cada esquina de la ciudad.

A lo que vamos: en 2002 el Parlamento Europeo aprobó una normativa que se aplicó al año siguiente en España con el nombre de Ley General de Telecomunicaciones (LGTel) y que, entre sus múltiples novedades, introducía en la legislación española un concepto revolucionario para la época: el servicio universal. Básicamente, se trataba entonces de garantizar que cualquier persona tuviera acceso a determinados servicios de voz y datos por el simple hecho de ser un ciudadano de la Unión Europea, incluso en los mercados liberalizados que impuesto en los últimos diez años la UE y en los que todas o casi todas las empresas del sector son privadas. Da igual que vivas en el Passeig de Gràcia o en Arroyomolinos de León, el bonito pueblo de mi amigo Juanjo, a caballo entre las provincias de Huelva y Badajoz. Según la LGTel, todos tenemos ciertos derechos garantizados. A saber:

  • A hacer y recibir llamadas telefónicas y poder utilizar el servicio de fax y acceso a internet con una calidad suficiente.
  • A acceder a guías telefónicas en papel o formato electrónico y posibilidad de figurar en ellas, y además poder recurrir a una línea de información sobre números de abonados por vía telefónica.
  • A disponer de un número suficiente de teléfonos públicos desde los que efectuar llamadas.
  • Para los usuarios con discapacidad, a contar con las mismas condiciones de acceso que los demás usuarios.
  • Para facilitar el acceso a las personas con necesidades económicas especiales, a acceder a paquetes de tarifas especiales que permitan un acceso básico a un precio limitado.
  • A que se establezcan tarifas máximas, límites o armonización de condiciones en distintos territorios para garantizar que no existan discriminaciones entre usuarios.

¿Cómo se garantizan todos estos derechos? La solución es bastante ingeniosa: en lugar de obligar a todas las empresas de telecomunicaciones a ofrecer todos estos derechos a todos los usuarios (sería completamente imposible e incluso injusto para la gran mayoría de ellas), se establece por decreto que una o varias de ellas se encarguen de prestar este servicio universal con los recursos que ponen, a escote, todas las demás operadoras. Es decir, Vodafone, Ono, Jazztel y las demás ponen un bote para compensar a Telefónica –que es la elegida– por el coste que le supone llevar las líneas a la sierra, imprimir veinte millones de guías telefónicas u ofrecer el servicio de información telefónica en el 11818 a un precio asequible (cada llamada a este número cuesta 40 céntimos y desde las cabinas es, en principio, gratuito… aunque casi nadie lo conozca y la prestadora no haga ninguna publicidad de este servicio).

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