Consume y Muere

Una ruleta, ejemplo clásico de juego de azar (John Wardell / Flickr)

Una ruleta, ejemplo clásico de juego de azar (John Wardell / Flickr)

En una economía en crisis (entendamos el término en sus dos acepciones de ‘situación dificultosa o complicada’ y ‘mutación importante en el desarrollo de otros procesos’) y con un proceso de descentralización autonómica todavía muy lejos de asentarse, el tema del que vamos a hablar hoy bien podría ser resumido con la gráfica metáfora de ‘poner puertas al campo’. Por el título de la entrada habréis entendido que voy a hablar de las apuestas por internet, un negocio que no hace sino avanzar en España y muchos otros países. Sirva este artículo como el primero dedicado en Consume y muere al campo de las apuestas y casinos online. Para empezar, hagamos una pequeña introducción a la situación actual del sector.

En nuestro país, según los datos de Loterías y Apuestas del Estado (LAE), el sector provee de servicios a 200.000 usuarios y mueve 575 millones de euros al año… aun tratándose de una actividad alegal. Es decir, por el hecho de tratarse de una actividad relativamente novedosa, no existe una regulación común a las 17 comunidades y dos ciudades autónomas. Sí están en vigor diferentes normativas regionales que intentan poner algo de orden en un sector cuya regulación corresponde a las autonomías porque las competencias están transferidas desde el Estado.

El caso es que diversas informaciones (como esta, esta y esta) apuntan a que se está preparando un proyecto de Ley del Juego que entrará en vigor hacia final de 2011 y que buscará, efectivamente, poner puertas al campo. Todo sea por la jugosa recaudación para las administraciones que conllevaría que los 200.000 usuarios de estos juegos y las propias casas de apuestas pagasen los impuestos que son de aplicación en los casos del propio LAE o los juegos de la ONCE, pero gravar actividades tan etéreas como las apuestas en la red se antoja difícil. Veamos por qué.

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Un móvil inteligente con Android (Johan Larsson / Flickr)

Un móvil inteligente con Android (Johan Larsson / Flickr)

Dentro de los hábitos más comunes en nuestra relación con las operadoras está la sucesión de contratos y compromisos de permanencia de muchos meses, uno tras otro, a cambio de teléfonos con un coste muy inferior a su precio de venta al público. Básicamente, las operadoras nos pagan el instrumento a cambio de que nos comprometamos a mantenernos durante un año y medio o dos años entre su cartera de clientes y, en muchos casos, también con un consumo mínimo o una tarifa no demasiado ventajosa.

Esta situación era, quizá, la necesaria en los años de expansión de la telefonía móvil, en los que la gran mayoría de habitantes de un país no tenía teléfono y para las operadoras éramos como un gran oeste americano que había que conquistar. Era necesario atraparnos como fuera… y lo gratis siempre es un gran medio para conquistar a un cliente. Pero con la situación actual, de crisis del consumo y de saturación del mercado (los usuarios españoles teníamos activas en septiembre 53,7 millones de líneas según la CMT), parece que este principio va a ir cambiando, siquiera poco a poco. Los productos estrella de las operadoras más jóvenes como Yoigo y los operadores móviles virtuales (OMV) son, precisamente, las tarjetas SIM sueltas con tarifas de bajo coste. Por su parte, gigantes como Vodafone han empezado a contraatacar ofreciendo sus tarjetas al mismo precio que los OMV para clientes que soliciten un alta nueva o la portabilidad de su número y utilicen su propio teléfono.

Además de la aparición de las tarifas de bajo coste, la expansión de los teléfonos inteligentes y, especialmente, la generalización del acceso móvil a internet prometen dar un vuelco al mercado incluso mayor. ¿Por qué? Pues porque en los últimos meses han aparecido varias aplicaciones que utilizan la conexión a la red para establecer comunicaciones con otros usuarios directamente desde el móvil.

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Portada de 'No clames, reclama', la web de la campaña de CECU y Asgeco

Portada de 'No clames, reclama', la web de la campaña de CECU y Asgeco (www.noclamesreclama.org)

En el día de ayer, mientras comía tranquilamente viendo el telediario, me topé con una noticia que da que pensar y que está relacionada con aquella y con aquella otra que ya os traje hace tiempo: decían en TVE que “los consumidores cada vez hacen más consultas pero reclaman menos“. La afirmación parte de las organizaciones de consumidores Confederación de Consumidores y Usuarios (CECU) y la Asociación General de Consumidores (Asgeco), que han presentado hoy una web con un título bastante ingenioso, “No clames, reclama”.

El caso es que según el vídeo de RTVE, que no puedo traeros porque no permite insertarlo en páginas externas pero que podéis ver aquí, en 2009 los españoles hicimos “más de un millón de consultas por reclamaciones relacionadas con una empresa pero al final pusimos menos de 250.000 reclamaciones”. En los obligados totales (así se llama en la tele a los vídeos con declaraciones de una persona al periodista) de varios ciudadanos, queda claro que la razón principal para no reclamar está en la consideración, muy extendida, de que es un engorro poner una reclamación. También, que los consumidores o usuarios creen que los escritos que dirijan contra las empresas caerán en saco roto. “No vas a llegar a ningún acuerdo, porque te cansan y saben más que nosotros… y a ver qué haces”, dice un resignado ciudadano. Otro continúa con el mismo discurso diciendo que “te acaban mareando, con los papeles para arriba y para abajo. Y sí, al final te dan la razón, pero te cuesta más llegar (…) que lo que te hayan engañado”. O sea, que creemos que no vale la pena pedir una compensación si la cantidad reclamada o el servicio por el que protestamos tiene un valor económico pequeño.

¿Pero esto es así? ¿Es mejor aceptar la derrota o perder tiempo (y, a menudo, dinero) para conseguir lo que creemos que nos corresponde? ¿Es tan difícil poner una reclamación y tener éxito?

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Manzanas verdes (monkeyc.net / Flickr)

Manzanas verdes (monkeyc.net / Flickr)

Es posible que estés leyendo ahora mismo este artículo en un ordenador portátil de diseño casi perfecto, con una pantalla de 13 pulgadas y con un sistema operativo con nombre de felino. Existe cierta probabilidad de que estés leyendo periodismohumano desde uno de los dispositivos móviles con conexión a internet que permiten agrandar o disminuir el tamaño de una página o de un texto con el simple gesto de pellizcar con dos dedos sus brillantes pantallas táctiles. Si soy lo suficientemente afortunado con este texto, podrías llegar incluso a recomendarlo con una llamada o un SMS a través de un teléfono móvil que casi no tiene botones.

Si cumples alguna de las características anteriores y tuviera que seguir describiéndote, aun sin conocerte de nada, diría que tu nivel educativo está algo por encima de la media, que te gusta ver series americanas en versión original, que has ido a algún concierto en los últimos dos meses, que vives en un entorno urbano y que a la hora de votar tiendes a identificarte con los principios de la izquierda política (y mediática) y que, por tanto, no estés de acuerdo con aquella responsable política que mezclaba peras con manzanas para explicar sus opiniones. Sin embargo, sí habrás prestado atención a las informaciones que rodearon a alguno de los lanzamientos de tu marca de electrónica.

Incluso si ninguna de las suposiciones de arriba se cumple –al fin y al cabo tú y yo no nos conocemos de nada–, es muy probable que hayas pensado alguna vez o hayas decidido ya convertirte algún día en uno de los lectores de medios digitales que utilizan uno de esos ordenadores o teléfonos en su vida diaria, siempre que la crisis y las condiciones económicas desfavorables no te lo impidan.

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Ovejas telefónicas en el museo de las telecomunicaciones de Frankfurt am Main (Rupert Ganzer / Flickr)

Ovejas telefónicas en el museo de las telecomunicaciones de Frankfurt am Main (Rupert Ganzer / Flickr)

Sin la transformación tan profunda que la liberalización ha traído al mercado de las telecomunicaciones en los útimos, digamos, quince años, el artículo de hoy no tendría sentido. ¿Qué empresa contaba con un número corporativo que empezara por 902 hace veinte años? ¿Quién tenía algún tipo de tarifa plana incluida en su contrato con Telefónica de España? De hecho, ¿quién sabía siquiera qué significaba la expresión ‘tarifa plana‘?

Hoy el cuento es bien distinto. Existen tarifas planas hasta en las cadenas de depilación (y no es coña, aunque lo parezca). El concepto de un pago único mensual a cambio de un servicio ilimitado se ha ido imponiendo en diversos sectores, como en los transportes urbanos, la circulación por autopistas de peaje en algunos países centroeuropeos o la citada depilación láser. Y, cómo no, en el sector pionero en la introducción de estos conceptos: las telecomunicaciones. La progresiva introducción de centrales telefónicas digitales permitió a los operadores ofrecer banda ancha a un precio razonable a la gran mayoría de clientes, pero los equipos instalados traían un extra que ha cambiado por completo nuestra relación con el teléfono: permitían llevar parte del servicio de voz por las mismas líneas que los datos. De hecho, es (casi) como si Telefónica hubiera cambiado a aquellas telefonistas que conectaban los cables entre clientes por una gigantesca central de Skype. Los costes de una llamada telefónica a un número fijo son tan bajos para la operadora que hoy se pueden ofrecer incluidos en la cuota mensual sin que las cuentas de resultados se resientan lo más mínimo. Si contratas el acceso a internet por banda ancha, tu proveedor aprovecha esta conexión para ofrecer el servicio de voz con la misma infraestructura y, a cambio, te cobra lo mismo cada mes por el paquete de servicios combinados.

El caso es que existen ciertos números a los que no puedes llamar con la tarifa plana de tu fijo. Por ejemplo, los móviles. La razón está en que por cada llamada el operador del usuario tiene que pagar al operador del receptor un coste por la interconexión entre redes. De esta manera, si tu empresa te ofreciera una tarifa plana y tú llamaras mucho, pondrías en peligro la rentabilidad del negocio, y eso no suele pasar nunca en empresas medianamente serias (o medianamente capitalistas).

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