Consume y Muere

Una cabina 'de las antiguas' (Un ballena de seis ojos [cinemascophe] / Flickr)

Una cabina 'de las antiguas' (Un ballena de seis ojos / Flickr)

Después de la breve excursión a Las Vegas 2.0 de la semana pasada, volvemos a uno de los pilares del blog: las telecomunicaciones. Perdonadme que sea tan pesado con el tema, pero es que el campo de las tecnologías de comunicación e información da para mucho. Hoy vamos a pasar de puntillas sobre precios, tarifas y trucos para ahorrar, porque vamos a centrarnos en uno de los principios esenciales que nos permite a todos poder disfrutar de una conexión más o menos decente. Digo que “más o menos” porque aunque los seis o diez megas que tenemos en el centro de las ciudades nos parezcan insuficientes, tengo amigos que viven en municipios de poco más de mil habitantes en la Sierra Morena y todavía están lejos de disponer de un servicio de telecomunicaciones digno según el estándar de 2010, en plena era del 3G en cada esquina de la ciudad.

A lo que vamos: en 2002 el Parlamento Europeo aprobó una normativa que se aplicó al año siguiente en España con el nombre de Ley General de Telecomunicaciones (LGTel) y que, entre sus múltiples novedades, introducía en la legislación española un concepto revolucionario para la época: el servicio universal. Básicamente, se trataba entonces de garantizar que cualquier persona tuviera acceso a determinados servicios de voz y datos por el simple hecho de ser un ciudadano de la Unión Europea, incluso en los mercados liberalizados que impuesto en los últimos diez años la UE y en los que todas o casi todas las empresas del sector son privadas. Da igual que vivas en el Passeig de Gràcia o en Arroyomolinos de León, el bonito pueblo de mi amigo Juanjo, a caballo entre las provincias de Huelva y Badajoz. Según la LGTel, todos tenemos ciertos derechos garantizados. A saber:

  • A hacer y recibir llamadas telefónicas y poder utilizar el servicio de fax y acceso a internet con una calidad suficiente.
  • A acceder a guías telefónicas en papel o formato electrónico y posibilidad de figurar en ellas, y además poder recurrir a una línea de información sobre números de abonados por vía telefónica.
  • A disponer de un número suficiente de teléfonos públicos desde los que efectuar llamadas.
  • Para los usuarios con discapacidad, a contar con las mismas condiciones de acceso que los demás usuarios.
  • Para facilitar el acceso a las personas con necesidades económicas especiales, a acceder a paquetes de tarifas especiales que permitan un acceso básico a un precio limitado.
  • A que se establezcan tarifas máximas, límites o armonización de condiciones en distintos territorios para garantizar que no existan discriminaciones entre usuarios.

¿Cómo se garantizan todos estos derechos? La solución es bastante ingeniosa: en lugar de obligar a todas las empresas de telecomunicaciones a ofrecer todos estos derechos a todos los usuarios (sería completamente imposible e incluso injusto para la gran mayoría de ellas), se establece por decreto que una o varias de ellas se encarguen de prestar este servicio universal con los recursos que ponen, a escote, todas las demás operadoras. Es decir, Vodafone, Ono, Jazztel y las demás ponen un bote para compensar a Telefónica –que es la elegida– por el coste que le supone llevar las líneas a la sierra, imprimir veinte millones de guías telefónicas u ofrecer el servicio de información telefónica en el 11818 a un precio asequible (cada llamada a este número cuesta 40 céntimos y desde las cabinas es, en principio, gratuito… aunque casi nadie lo conozca y la prestadora no haga ninguna publicidad de este servicio).

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Un móvil inteligente con Android (Johan Larsson / Flickr)

Un móvil inteligente con Android (Johan Larsson / Flickr)

Dentro de los hábitos más comunes en nuestra relación con las operadoras está la sucesión de contratos y compromisos de permanencia de muchos meses, uno tras otro, a cambio de teléfonos con un coste muy inferior a su precio de venta al público. Básicamente, las operadoras nos pagan el instrumento a cambio de que nos comprometamos a mantenernos durante un año y medio o dos años entre su cartera de clientes y, en muchos casos, también con un consumo mínimo o una tarifa no demasiado ventajosa.

Esta situación era, quizá, la necesaria en los años de expansión de la telefonía móvil, en los que la gran mayoría de habitantes de un país no tenía teléfono y para las operadoras éramos como un gran oeste americano que había que conquistar. Era necesario atraparnos como fuera… y lo gratis siempre es un gran medio para conquistar a un cliente. Pero con la situación actual, de crisis del consumo y de saturación del mercado (los usuarios españoles teníamos activas en septiembre 53,7 millones de líneas según la CMT), parece que este principio va a ir cambiando, siquiera poco a poco. Los productos estrella de las operadoras más jóvenes como Yoigo y los operadores móviles virtuales (OMV) son, precisamente, las tarjetas SIM sueltas con tarifas de bajo coste. Por su parte, gigantes como Vodafone han empezado a contraatacar ofreciendo sus tarjetas al mismo precio que los OMV para clientes que soliciten un alta nueva o la portabilidad de su número y utilicen su propio teléfono.

Además de la aparición de las tarifas de bajo coste, la expansión de los teléfonos inteligentes y, especialmente, la generalización del acceso móvil a internet prometen dar un vuelco al mercado incluso mayor. ¿Por qué? Pues porque en los últimos meses han aparecido varias aplicaciones que utilizan la conexión a la red para establecer comunicaciones con otros usuarios directamente desde el móvil.

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Ovejas telefónicas en el museo de las telecomunicaciones de Frankfurt am Main (Rupert Ganzer / Flickr)

Ovejas telefónicas en el museo de las telecomunicaciones de Frankfurt am Main (Rupert Ganzer / Flickr)

Sin la transformación tan profunda que la liberalización ha traído al mercado de las telecomunicaciones en los útimos, digamos, quince años, el artículo de hoy no tendría sentido. ¿Qué empresa contaba con un número corporativo que empezara por 902 hace veinte años? ¿Quién tenía algún tipo de tarifa plana incluida en su contrato con Telefónica de España? De hecho, ¿quién sabía siquiera qué significaba la expresión ‘tarifa plana‘?

Hoy el cuento es bien distinto. Existen tarifas planas hasta en las cadenas de depilación (y no es coña, aunque lo parezca). El concepto de un pago único mensual a cambio de un servicio ilimitado se ha ido imponiendo en diversos sectores, como en los transportes urbanos, la circulación por autopistas de peaje en algunos países centroeuropeos o la citada depilación láser. Y, cómo no, en el sector pionero en la introducción de estos conceptos: las telecomunicaciones. La progresiva introducción de centrales telefónicas digitales permitió a los operadores ofrecer banda ancha a un precio razonable a la gran mayoría de clientes, pero los equipos instalados traían un extra que ha cambiado por completo nuestra relación con el teléfono: permitían llevar parte del servicio de voz por las mismas líneas que los datos. De hecho, es (casi) como si Telefónica hubiera cambiado a aquellas telefonistas que conectaban los cables entre clientes por una gigantesca central de Skype. Los costes de una llamada telefónica a un número fijo son tan bajos para la operadora que hoy se pueden ofrecer incluidos en la cuota mensual sin que las cuentas de resultados se resientan lo más mínimo. Si contratas el acceso a internet por banda ancha, tu proveedor aprovecha esta conexión para ofrecer el servicio de voz con la misma infraestructura y, a cambio, te cobra lo mismo cada mes por el paquete de servicios combinados.

El caso es que existen ciertos números a los que no puedes llamar con la tarifa plana de tu fijo. Por ejemplo, los móviles. La razón está en que por cada llamada el operador del usuario tiene que pagar al operador del receptor un coste por la interconexión entre redes. De esta manera, si tu empresa te ofreciera una tarifa plana y tú llamaras mucho, pondrías en peligro la rentabilidad del negocio, y eso no suele pasar nunca en empresas medianamente serias (o medianamente capitalistas).

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Sede de Mapfre en Bilbao (kurtxio / flickr)

Sede de Mapfre en Bilbao (kurtxio / flickr)

Elegir uno entre el enorme repertorio de servicios que nos ofrecen las compañías aseguradoras es casi misión imposible. Existen empresas que ofrecen planes de bajo coste, mientras otras con más nombre y reputación buscan ofrecer opciones con más prestaciones por un precio mayor. En los últimos diez años han surgido multitud de nuevas empresas que, en realidad, son segundas marcas de las aseguradoras tradicionales, como Línea Directa (de Bankinter) o Direct Seguros (de Axa). Si tenemos en cuenta que todas ellas, las tradicionales y las nuevas, ofrecen seguros a terceros, a todo riesgo con y sin franquicia y otros ampliados… ¿cuántas ofertas tenemos que comparar para encontrar el que más nos conviene?

Aparte de las condiciones que podemos escoger, hay otros factores sobre los que no podemos decir nada a la hora de contratar un seguro. Por ejemplo: que si somos hombres pagaremos algo más que las mujeres, que si hemos tenido algún siniestro en los últimos años pagaremos más que los que no han tenido esa (mala) suerte… y que si tenemos menos de 30 años la compañía se fiará algo menos de nosotros y nos cobrará más, supuestamente por la falta de confianza que le inspiramos.

¿Qué se puede hacer frente a esto? Pues básicamente dos cosas. La más normal sería jurar y perjurar que vamos a conducir de manera responsable y no hacer cafradas con el coche… y esperar que se lo crea la compañía. La segunda, pasar por caja y pagar los mil o mil quinientos euros que nos pide la empresa por un servicio que a un adulto de unos 45 años le costaría la mitad.

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He encontrado en Youtube este viejo anuncio de la margarina Tulipán que se dirigía a las amas de casa de la década de 1960 con frases como “usted puede tomar su pan reciente (…) pero para disfrutar más de su pan, añádale Tulipán”. En el mismo portal de vídeos me he topado con una actualización de la añeja campaña que podéis ver aquí, adaptada a 2009 y que apela al mismo público objetivo con frases como “¿Y tú, qué pones en su bocadillo?”. Dejando a un lado las enormes similitudes entre uno y otro anuncio, como los planos detalle del cuchillo untando la margarina o la aparición de una madre joven con un niño, existen diferencias evidentes entre uno y otro: el ritmo narrativo, el uso del color o la música ambiente y la aparición de una abuela matriarcal como elemento vertebrador de la familia propuesta. Y, cómo no, la manera en que el anuncio se dirige a su mercado potencial: mientras en 1966 se dirigía a la espectadora –en femenino– con la forma cortés del ‘usted’, el anuncio del año pasado ha saltado directamente a utilizar, sin ningún tipo de contemplación, el tuteo como tratamiento del público.

En los últimos años, varias empresas han optado por ir más allá y dirigirse a sus clientes o público objetivo con formas incluso más coloquiales. Una llamada al teléfono de información comercial de la operadora Yoigo es un ejemplo: “Hola, buenas noches, me llamo Inmaculada. ¿En qué puedo ayudarte?”. Su web nos provee de ejemplos infinitos. Por ejemplo, arranca la presentación de su página de descargas con un “Cuando quieras tunear tu móvil con logos y politonos (…) o un salvapantallas con nuestros muñequitos, tan majos ellos…”.

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