Consume y Muere

Publicidad de una promoción de movistar en recibida en mi móvil

Publicidad de una promoción de movistar en recibida en mi móvil

Después de cuestionarme sobre nuestra lealtad a las marcas, tengo ganas de seguir haciéndome preguntas. Aunque hoy voy a ser algo más directo: ¿tengo cara de tonto? Antes de que os lancéis a contestar (a alguno le darán ganas de contestar que “sí” como dan ganas de estampar una tarta de merengue en la cara de alguien cuando la ves en la pastelería), os aviso que es una pregunta retórica y que no hace falta que entréis todos en el perfil a ver qué cara tengo. Vamos al lío: ¿tengo cara de tonto? ¿Por qué Movistar me manda un mensaje como el que veis arriba, que recibí ayer por la mañana?

Vale, puede que fijándonos en el sentido literal de cada palabra, la frase tenga sentido. Cuanto más hablo, mayor es el importe que me descuentan. De hecho, la oferta podría ir más allá: si hablo mucho, el porcentaje del descuento se incrementa (por cierto, he llamado al 900101010 y nadie sabe descifrarme el enigma, así que nos quedamos –de momento– sin saber cuál es la interpretación correcta).

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Vivimos un momento en el que los mercados tienden a ser transnacionales y las grandes corporaciones van unificando sus marcas a nivel mundial. Acordaos, por ejemplo, del cambio de nombre de Amena a Orange en 2006, cuando France Telecom compró la división de telefonía móvil a Retevisión, o la unificación de las diferentes entidades bancarias del BSCH bajo la marca ‘Santander’ en países tan distantes como Brasil, Portugal o el Reino Unido. La impresión que supone ir a un supermercado en Holanda no difiere en gran medida de la que recibimos al entrar en un establecimiento similar en España: las marcas y los productos son, prácticamente, los mismos.

Sin embargo, hay un sector donde la imparable uniformización no consigue entrar: el de la cerveza. Os habréis fijado en que las heinekens, carlsbergs y budweisers de turno no han conseguido eliminar a las marcas locales (a pesar de haber comprado casi todas las empresas productoras para incorporarlas a sus grupos multinacionales). Voy más allá, incluso: en ningún sector los consumidores defienden tan ferozmente la marca de su ciudad o su región. No le digas a un gallego que la Estrella Galicia es tosca, ni a un sevillano que la Cruzcampo es un poco aguachirri. Los zaragozanos montarían la de Agustina de Aragón a quien osara hablar mal de su Ámbar, y no te digo nada de los granadinos con su Alhambra, auténtico orgullo local.

Sabedores de este fenómeno, los publicistas han tomado nota y explotan la identidad de su público para ampliar el éxito de sus campañas. Mirad el ejemplo del anuncio de Cruzcampo que os pongo sobre estas líneas. Más allá de la buena factura y la emotividad del anuncio, que no discuto, la apelación al orgullo nacionalista debería hacer reflexionar a los que nos miran raro a los que escribimos nuestro nombre con X (“¿Tú qué eres, moderno?” como me dijo una vez una profesora de literatura española en la universidad), sobre la identidad cultural o nacional que hace también efecto en ellos y, en este caso, con fines tan anodinos como que beban más cerveza.