Consume y Muere

Cada mes llega un sobre a nuestros buzones con la factura mensual del servicio de electricidad. En la zona donde vivo, el suministrador tradicional es Endesa por lo que en cuanto firmé el alquiler del piso di de alta el contrato de suministro con la antigua empresa nacional de electricidad. Desde entonces, mes a mes van llegando facturas de las que al principio solo miraba la cifra de lo que me iban a cobrar. Sin embargo, hace poco tiempo he descubierto la cara b de la factura: el reverso de cada recibo tiene un montón de datos interesantes a los que deberíamos prestar algo más de atención. Os enseño un ejemplo:

Detalle del reverso de una factura de Naturgas Energía

Detalle del reverso de una factura de Naturgas Energía

Desde 2008, la Comisión Nacional de la Energía obliga a cada empresa que comercializa energía a incluir información como esta en las facturas que emite a sus clientes. Básicamente, se trata de ampliar, en cierta medida, la transparencia del mercado y conseguir que los usuarios de la electricidad sepamos qué impacto tiene nuestro consumo. En pocas palabras: de saber qué se quema o qué se mueve para que se encienda una bombilla cuando apretamos el interruptor.

Leer más


Una cabina 'de las antiguas' (Un ballena de seis ojos [cinemascophe] / Flickr)

Una cabina 'de las antiguas' (Un ballena de seis ojos / Flickr)

Después de la breve excursión a Las Vegas 2.0 de la semana pasada, volvemos a uno de los pilares del blog: las telecomunicaciones. Perdonadme que sea tan pesado con el tema, pero es que el campo de las tecnologías de comunicación e información da para mucho. Hoy vamos a pasar de puntillas sobre precios, tarifas y trucos para ahorrar, porque vamos a centrarnos en uno de los principios esenciales que nos permite a todos poder disfrutar de una conexión más o menos decente. Digo que “más o menos” porque aunque los seis o diez megas que tenemos en el centro de las ciudades nos parezcan insuficientes, tengo amigos que viven en municipios de poco más de mil habitantes en la Sierra Morena y todavía están lejos de disponer de un servicio de telecomunicaciones digno según el estándar de 2010, en plena era del 3G en cada esquina de la ciudad.

A lo que vamos: en 2002 el Parlamento Europeo aprobó una normativa que se aplicó al año siguiente en España con el nombre de Ley General de Telecomunicaciones (LGTel) y que, entre sus múltiples novedades, introducía en la legislación española un concepto revolucionario para la época: el servicio universal. Básicamente, se trataba entonces de garantizar que cualquier persona tuviera acceso a determinados servicios de voz y datos por el simple hecho de ser un ciudadano de la Unión Europea, incluso en los mercados liberalizados que impuesto en los últimos diez años la UE y en los que todas o casi todas las empresas del sector son privadas. Da igual que vivas en el Passeig de Gràcia o en Arroyomolinos de León, el bonito pueblo de mi amigo Juanjo, a caballo entre las provincias de Huelva y Badajoz. Según la LGTel, todos tenemos ciertos derechos garantizados. A saber:

  • A hacer y recibir llamadas telefónicas y poder utilizar el servicio de fax y acceso a internet con una calidad suficiente.
  • A acceder a guías telefónicas en papel o formato electrónico y posibilidad de figurar en ellas, y además poder recurrir a una línea de información sobre números de abonados por vía telefónica.
  • A disponer de un número suficiente de teléfonos públicos desde los que efectuar llamadas.
  • Para los usuarios con discapacidad, a contar con las mismas condiciones de acceso que los demás usuarios.
  • Para facilitar el acceso a las personas con necesidades económicas especiales, a acceder a paquetes de tarifas especiales que permitan un acceso básico a un precio limitado.
  • A que se establezcan tarifas máximas, límites o armonización de condiciones en distintos territorios para garantizar que no existan discriminaciones entre usuarios.

¿Cómo se garantizan todos estos derechos? La solución es bastante ingeniosa: en lugar de obligar a todas las empresas de telecomunicaciones a ofrecer todos estos derechos a todos los usuarios (sería completamente imposible e incluso injusto para la gran mayoría de ellas), se establece por decreto que una o varias de ellas se encarguen de prestar este servicio universal con los recursos que ponen, a escote, todas las demás operadoras. Es decir, Vodafone, Ono, Jazztel y las demás ponen un bote para compensar a Telefónica –que es la elegida– por el coste que le supone llevar las líneas a la sierra, imprimir veinte millones de guías telefónicas u ofrecer el servicio de información telefónica en el 11818 a un precio asequible (cada llamada a este número cuesta 40 céntimos y desde las cabinas es, en principio, gratuito… aunque casi nadie lo conozca y la prestadora no haga ninguna publicidad de este servicio).

Leer más


Ovejas telefónicas en el museo de las telecomunicaciones de Frankfurt am Main (Rupert Ganzer / Flickr)

Ovejas telefónicas en el museo de las telecomunicaciones de Frankfurt am Main (Rupert Ganzer / Flickr)

Sin la transformación tan profunda que la liberalización ha traído al mercado de las telecomunicaciones en los útimos, digamos, quince años, el artículo de hoy no tendría sentido. ¿Qué empresa contaba con un número corporativo que empezara por 902 hace veinte años? ¿Quién tenía algún tipo de tarifa plana incluida en su contrato con Telefónica de España? De hecho, ¿quién sabía siquiera qué significaba la expresión ‘tarifa plana‘?

Hoy el cuento es bien distinto. Existen tarifas planas hasta en las cadenas de depilación (y no es coña, aunque lo parezca). El concepto de un pago único mensual a cambio de un servicio ilimitado se ha ido imponiendo en diversos sectores, como en los transportes urbanos, la circulación por autopistas de peaje en algunos países centroeuropeos o la citada depilación láser. Y, cómo no, en el sector pionero en la introducción de estos conceptos: las telecomunicaciones. La progresiva introducción de centrales telefónicas digitales permitió a los operadores ofrecer banda ancha a un precio razonable a la gran mayoría de clientes, pero los equipos instalados traían un extra que ha cambiado por completo nuestra relación con el teléfono: permitían llevar parte del servicio de voz por las mismas líneas que los datos. De hecho, es (casi) como si Telefónica hubiera cambiado a aquellas telefonistas que conectaban los cables entre clientes por una gigantesca central de Skype. Los costes de una llamada telefónica a un número fijo son tan bajos para la operadora que hoy se pueden ofrecer incluidos en la cuota mensual sin que las cuentas de resultados se resientan lo más mínimo. Si contratas el acceso a internet por banda ancha, tu proveedor aprovecha esta conexión para ofrecer el servicio de voz con la misma infraestructura y, a cambio, te cobra lo mismo cada mes por el paquete de servicios combinados.

El caso es que existen ciertos números a los que no puedes llamar con la tarifa plana de tu fijo. Por ejemplo, los móviles. La razón está en que por cada llamada el operador del usuario tiene que pagar al operador del receptor un coste por la interconexión entre redes. De esta manera, si tu empresa te ofreciera una tarifa plana y tú llamaras mucho, pondrías en peligro la rentabilidad del negocio, y eso no suele pasar nunca en empresas medianamente serias (o medianamente capitalistas).

Leer más


Llamando desde Trafalgar Square, Londres

Llamando desde Trafalgar Square, Londres (Lefteris Pitarakis / AP)

Es muy probable que estéis planeando un viaje a otro lugar del mundo, posiblemente a algún otro país de la Unión Europea, para este verano. Si sois de los precavidos, habréis sacado la tarjeta sanitaria europea, el pasaporte y os habréis informado de las tarifas que vuestro proveedor de móvil cobra por hacer y recibir llamadas en el país de destino.

A la utilización del móvil con las redes de otro país se le llama roaming o itinerancia. Técnicamente, la itinerancia es mucho más que usar el móvil en el extranjero: es el principio que diferencia a un móvil de un inalámbrico, por ejemplo, porque es la capacidad de saltar de la cobertura de un repetidor –a las que se llama celdas, de donde deriva el término telefonía celular que se utiliza en países americanos– a otra contigua sin perder la conexión.

Comercialmente, que es lo que nos interesa, las operadoras solo permiten la itinerancia entre celdas de su propia red en cada estado, con la excepción de Yoigo que permite utilizar, indistintamente, su señal o la de Movistar sin incremento de precio. Pero en el extranjero, donde no llega su propia cobertura, las telecos han firmado acuerdos bilaterales con una o varias empresas locales que permiten al usuario usar las redes de aquéllas para estar conectado.

Hasta hace unos años, las tarifas por utilizar este servicio eran altísimas: hacer una llamada desde otro país a España, por ejemplo, podía superar holgadamente el coste de 1 euro por minuto. En 2005, los reguladores de 32 países europeos se reunieron en Eslovenia para estudiar el mercado y concluyeron que “los precios finales del servicio en itinerancia son demasiado altos sin que haya una justificación clara; parece que es producto tanto de un alto precio que fija la operadora de destino como del recargo que añade la operadora del cliente”. Como un coste demasiado alto puede afectar al desarrollo económico y social de las relaciones entre diferentes estados, la Comisión Europea decidió (¡una vez más!) intervenir y ordenar un poco el asunto.

Leer más


Baño público (Wootang01 / Flickr)

Baño público (Wootang01 / Flickr)

Hay veces en que la presencia de la Unión Europea en nuestras vidas se presenta de manera demoledora. En la superficie mediática, las grandes estrellas son Sarkozy, Merkel, Brown o Zapatero. Son quien ocupa los grandes cargos, los representantes políticos de los estados miembros de la UE. Pero más allá de su influencia, la Unión es ya un ente propio con un gobierno y unos órganos de poder que influyen en multitud de factores de nuestra vida, más allá de lo que nos podemos imaginar. La Comisión Europea es, quizá, el que tiene una influencia más directa en la vida de los quinientos millones de habitantes de los 27 estados miembros. Hasta en el cuarto de baño de cada una de sus casas llegan los designios de la Comisión, tanto por la calidad del agua que mana de los grifos, por las normas que rigen la seguridad de los muebles y equipamientos sanitarios o por la estricta regulación en cuanto al etiquetado de cosméticos. Y, a partir de ahora, también hasta al precio de las bañeras, lavabos y duchas.

Para entrar en la UE, los países candidatos tienen que aplicar los principios y prácticas del acervo comunitario: conocido en toda la Unión por su nombre en francés, el acquis communautaire es el conjunto de regulaciones que se han ido desarrollando en la Unión durante su medio siglo de existencia y que armonizan la legislación en todos los países miembros. Las categorías del acervo se corresponden, a grandes rasgos, con las áreas de trabajo de la Comisión Europea y de sus veintisiete comisarios, cada uno de ellos elegido por un estado.

Leer más